Fracking, la gran esperanza energética de la Argentina

El petróleo ha modelado nuestra civilización. Creó nuevas condiciones de vida, permitió el desarrollo de las naciones, generó nuevos escenarios geopolíticos, multiplicó el empleo y es la base energética de la globalización: el 95% del transporte se mueve con combustibles derivados del petróleo. Según la Agencia Internacional de Energía, el consumo de crudo crecerá de los actuales 90 a los 105 millones de barriles diarios en 2025 y este aumento no podrá ser sustentado por el petróleo convencional.

Países que proclaman su compromiso con el medio ambiente, como por ejemplo Alemania, utiliza actualmente para generar electricidad un 50% de carbón, un 26% de nuclear y un 13% de gas, quedando sólo un poco más del 10% para las nuevas fuentes. Las energías alternativas sólo proveen un 2% de la electricidad a nivel global y se calcula que para 2030 podría llegar a un 9%. Evidentemente, con la tecnología actual, las energías alternativas no pueden sostener nuestro desarrollo, y todo indica que tampoco lo podrán hacer en el mediano plazo. El mundo seguirá dependiendo por muchas décadas de los combustibles fósiles.

Desde los inicios de la era del petróleo, la oferta de crudo superó siempre a la demanda. Pero en los últimos años, esta situación ha comenzado a revertirse. El petróleo convencional ha comenzado a dar signos de agotamiento y fue necesario ampliar la frontera hidrocarburífera: desarrollo del off-shore de aguas profundas en Brasil, arenas empetroladas en Canadá, crudo ultra pesado en Venezuela y el shale oil y shale gas (hidrocarburos no convencionales) en Estados Unidos, posibilidad que ahora se abre para nuestro país en Vaca Muerta y que puede cambiar nuestro paradigma energético.

El shale oil y shale gas hacen referencia a las características geológicas y morfológicas de las rocas donde se encuentran estas fuentes energéticas. Las estimaciones sobre los recursos de “shale” gas en Argentina, realizadas en una investigación encargada por el Departamento de Energía de los Estados Unidos, la ubican en el segundo lugar mundial, detrás de China. Si se confirman estos estudios, Argentina aumentaría 30 veces sus reservas actuales de gas. Vale recordar que el 60% de la matriz de generación eléctrica de nuestro país utiliza gas natural como combustible y que desde hace algunos años nos vimos obligados a importar esta fuente de energía.

La puesta en producción de estos recursos ha generado discusiones ambientales, con posiciones radicalizadas que tienden a impedir su desarrollo. Con preconceptos, y no en base a estudios serios sobre los impactos de esta actividad, algunos grupos o personas hablan acerca del uso del agua, los aditivos o la estimulación hidráulica (fracking), obviando los estudios e investigaciones de las distintas agencias de protección ambiental a nivel mundial que desmienten las alertas que se plantean.

En Estados Unidos se han perforado decena de miles de pozos utilizando la técnica de estimulación hidráulica y sólo han ocurrido algunos problemas aislados y de poca magnitud, que se dieron al comienzo de la actividad. Ocurre que estos pocos casos, relacionados a la etapa de perforación, son utilizados por grupos ambientalistas radicalizados y algunos receptores de este relato -medios de comunicación, políticos, opinión pública- quienes lo repiten una y otra vez como si fuera la norma. Sin embargo, el fracking es hoy es una tecnología probada, se han establecido los criterios y cuidados que deben tenerse para evitar accidentes que puedan dañar al medio ambiente y se han dictado las regulaciones correspondientes.

Siempre se dijo que Argentina era un país con petróleo, no un país petrolero, y esta situación de escasez relativa generó muchos de los desencuentros sobre cómo explotar estos recursos. Hoy el shale es la gran esperanza de la Argentina para cambiar su paradigma energético y volver a lograr el autoabastecimiento que, en el actual contexto mundial, es necesario para nuestra seguridad energética y un objetivo fundamental para garantizar nuestro desarrollo económico y social.

Víctor Bronstein (*)

(*) El autor es director del Centro de Estudios de Energía, Política y Sociedad (CEEPYS)

Fuente: La Voz del Pueblo

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