El shale y su rol clave en el futuro energético

Por Ernesto Gallegos (*)

El destino de la humanidad está necesariamente ligado a la capacidad de generar y utilizar energía: Todos los procesos productivos, que se traducen en empleo y sobre los que se basa la economía moderna se fundamentan en el consumo de diversas formas de energía. Pero, ¿qué es la energía? La primera asociación que surge al hablar de energía, y es algo con lo que todos estamos familiarizados, es la electricidad, o la red eléctrica, que sustenta no sólo la actividad productiva sino la vida doméstica de todos nosotros. Si tomamos la matriz energética de nuestro país, Argentina, en la actualidad un 85% de la energía que consumimos proviene de plantas térmicas que consumen hidrocarburos (gas, petróleo y sus derivados), un 10% de centrales hidroeléctricas, y cantidades menores de energía nuclear, energías renovables o carbón. En todo el mundo, los combustibles fósiles son el 97% de las fuentes de energía primaria (incluyendo gas natural, carbón, petróleo y sus derivados).

Podríamos realizar un análisis del futuro que tiene en nuestro país y en el mundo cada una de estas fuentes de energía. Si empezamos por la quema de carbón, nuestro país nunca tuvo grandes reservas de este material, y de hecho en el mundo se lo está tratando de dejar de lado porque su combustión libera al medio ambiente sustancias contaminantes, y porque su minería es muy peligrosa. Si bien en general se asocia la generación de energía a partir de carbón al pasado, o incluso al pasado remoto, la humanidad superó su consumo por el de hidrocarburos recién en 1956, y hay países como China que todavía hoy basan su matriz energética en la quema de carbón (aunque han planteado su voluntad de disminuir esta actividad). Con respecto a la energía nuclear, nuestro país tiene una larga tradición en el conocimiento y explotación del combustible radioactivo. Si bien es un proyecto que fue pospuesto durante la década de los noventa, y gracias a la decisión política de reflotarlo, hoy tenemos tres centrales nucleares en funcionamiento y por lo menos una más proyectada, además de un proyecto de desarrollo nuclear binacional junto a Brasil. De todos modos, y si bien es una forma de energía que maneja altísimos estándares de seguridad, el principal inconveniente en su futuro no será técnico sino social: La energía nuclear tiene una batalla muy dura por la opinión pública, y todo indica que la está perdiendo. Desde el accidente de Fukushima en 2011 (llamado “desastre” pero en el que no murió ni una sola persona como consecuencia de la radiación) la mala prensa de la energía nuclear forzó a dejar de utilizarla por ejemplo en Alemania, donde era una fuente confiable y sustentable todavía con mucho futuro.

Ya en algún momento hablamos sobre las dificultades técnicas que implica la explotación de las energías alternativas de disponibilidad intermitente. Pensando en un futuro de mediano a largo plazo, entre 20 y 30 años, quizás estemos hablando de la primera generación en que estas fuentes de energía propongan un serio cambio de paradigma (como fue el cambio de carbón por petróleo y gas en el Siglo XX). En este sentido nuestro país presenta un prospecto muy interesante, ya que cuenta con áreas donde hoy ya se está experimentando con la generación de energía solar y eólica. Existe un mito en torno al crecimiento de las energías alternativas sobre que no llegan a los niveles de producción masiva por culpa de las empresas petroleras que las ven como una competencia. Nada más alejado de la realidad, ya que las grandes empresas petroleras son esencialmente empresas de energía, y el día que otras fuentes de energía sean más rentables van a querer estar en esa vanguardia. Es lo que ocurre con Shell y el desarrollo del hidrógeno como combustible, o lo que ocurre hoy en Argentina con la energía mareomotriz (Brasil también está haciendo una fuerte inversión en este tipo de energía).

Esto nos lleva a la actualidad, o mejor dicho a cómo podemos interpretar desde la actualidad lo que será nuestro futuro de aquí al 2040 o 2050. Dijimos que el 85% de la energía consumida en nuestro país proviene de la quema de combustibles fósiles. Y esto seguirá siendo así, pero acompañando una evolución necesaria que tiene que ver con el cuidado del medio ambiente, el cambio climático, y los nuevos recursos que serán explotados. Estamos entrando, quizás, a la etapa final de la era dominada por los hidrocarburos. Esto dicho en un sentido masivo, para la generación de energía eléctrica, porque seguramente la humanidad seguirá explotando hidrocarburos durante siglos por venir. Se define a esta era por medio de la generación a partir de gas natural, que es mucho menos contaminante que la quema de derivados del petróleo y muchísimo menos que la quema de carbón. Mientras las reservas globales de hidrocarburos convencionales decaen y la perspectiva de encontrar grandes reservas de petróleo o gas convencional se acotan, los reservorios no convencionales están viviendo su despertar de la mano de los avances tecnológicos. Las plantas termoeléctricas también incorporan avances tecnológicos, aumentando su efectividad y optimización mediante cogeneración y ciclos combinados. De esta manera los horizontes de reservas se han ampliado, brindando mayor seguridad y margen para la planificación. Por ejemplo en nuestro país, las reservas que se cree que hay sólo en Vaca Muerta garantizarían las décadas de autoabastecimiento energético que hacen falta hasta que el próximo cambio de paradigma redirija las posibilidades y necesidades energéticas mundiales.

Nada de esto está libre de las disputas de poder que existen y seguirán existiendo a nivel global. Hoy en día estamos viviendo quizás la primera gran crisis de los productores de petróleo y gas no convencional en Estados Unidos, debido a la caída en el precio internacional forzada por los países de la OPEP. Una vez alcanzado un nivel crítico de producción de nuestros propios recursos no convencionales, podríamos incluso proveer a nuestro país de un blindaje de estos vaivenes internacionales, ese es un escenario más que probable para las próximas décadas.

Y no somos sólo nosotros, el mundo está mirando hacia Vaca Muerta. De esta manera el gas natural como “energía de transición” dominaría la generación eléctrica durante las próximas décadas. Y a medida que sigan avanzando las inversiones y las perforaciones de pozos en Vaca Muerta, el shale gas atrapado en este reservorio no convencional permitirá atravesar las décadas que vendrán sin mayores dificultades, permitiendo un crecimiento de la economía en general y de la calidad de vida de la población en particular. Quizás desde esta perspectiva histórica hacia adelante quede un poco más clara la importancia del proyecto en el que se jugarán, en los próximos años, nuestra Independencia Energética y todo lo que de ella dependa.

(*) Geólogo y docente de UBA. Director de Independencia Energética.

 

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